
El año pasado visité Yuste, en el norte de Extremadura, el famoso retiro de Carlos V cuando abdicó en su hijo Felipe II, un lugar alejado de todo, en medio del bosque, lejos del mundanal ruido... Y me gustó.
Poco después estuve cumpliendo uno de mis viajes soñados desde la adolescencia: fui a la isla de El Hierro, posiblemente el lugar más remoto de España y uno de los más remotos de Europa (a 3.000 kilómetros de Barcelona, donde vivo), una isla muy montañosa, volcánica y sin playas en pleno Atlántico, sin ciudades y medio despoblada (pocos habitantes, pero muy amables), con pocos turistas (a pesar de estar en las Canarias)... Y me enamoré del lugar, un paraíso natural en medio del océano, no me defraudó en las enormes expectativas que tenía sobre ella.

Y hace poco encontré en Internet un reportaje sobre pueblos abandonados en zonas remotas que están siendo repoblados por urbanitas que reniegan de la ciudad y huyen al campo, centrándose en tres pueblos del Pirineo Aragonés (Artosilla, Ibort y Aineto, pioneros en España en las iniciativas de repoblación rural)... Y me interesó.
Me preocupa esta tendencia que tengo últimamente a encontrame perdido y sin saber qué pinto en la oficina y en la ciudad, y a encandilarme por los lugares aislados, remotos, lejos de lo que llamamos la civilización, el bullicio y la modernidad... Y sin embargo, no soy de pueblo ni he pasado mi infancia en el campo, y probablemente no aguantaría mucho tiempo en un lugar así...
¿Estaré queriendo huir o escapar? ¿De qué o de quién? ¿Por qué?
----